Recordé que ya había tenido ese pensamiento.
Mis pies dejan huella, pensé.
Y me puse a correr.
Quería ver cuántas formas podía crear, cuántas sensaciones podía sentir, quería entender qué tan rápido podía correr.
Incluso me permití creer que podía volar.
Lo hice.
Volé tan alto que dejé de tener miedo.
Lograba verlo todo, me sentía libre.
Aunque nadie se daba cuenta, yo creí que todo iba a cambiar.
Pero nada lo hizo.
No podía hacer nada, solo observaba.
Incluso grité.
Y aun así, no bajé.
Me daba miedo.
Qué tal si dejaba de ver el caos y me descubría igual de perdida.
Entonces planeé.
Hice un mapa con todos los caminos que alcanzaba a ver.
Agregué instrucciones y referencias.
Cuando terminé, inhalé y exhalé.
Me preparé para correr lo más rápido posible y lanzar el mapa que había preparado.
Lo lancé.
Pero cayó en el río.
Sin dudar, bajé a tomarlo.
Se había humedecido, aunque todavía se distinguían algunos detalles.
Intenté regresar al cielo para copiarlo y mejorarlo en seco, pero no pude.
Corrí.
Corrí.
Corrí.
Pero nunca me elevé.
Me hice un ovillo.
Tenía miedo.
Intenté entender el mapa, pero no sabía dónde estaba.
De qué servía un mapa si no sabía leerlo.
Así que exploré.
Caminé todos los caminos que encontré.
Pasé frío, pero también sentí la nieve.
Pasé calor, pero me refresqué en un río.
Aprendí a nadar.
Canté con aves de todo tipo.
Las luciérnagas iluminaron mis noches.
Y entonces me di cuenta.
Recordé que podía caminar.
Y lo hice.
Di un paso.
Y luego otro, otro y otro más.
Crucé caminos con otras personas.
Ellos me enseñaron a encender el fuego para calentar mis noches, y a cazar con respeto y dignidad.
Yo les enseñé lo que sabía, correr.
Bailamos.
Trotamos.
Descansamos.
Les dije, mira, tenemos piernas.
Y sus ojos brillaban.
Les extendí mi mano y dimos un paso.
Y luego otro, otro y otro más.
Caminamos.
Nos cuidamos.
Nos enseñamos.
Nos marcamos.
Volar era y siempre será divertido.
Pero caminar entre los bosques, para eso nací.
Un día, entre risas y rosas, me atreví a alzar la vista.
Y la vi por primera vez.
Era preciosa.
Magnética.
Era luz.
Una luz tan valiente y brillante que hacía titilar a todas las estrellas.
Me enamoré.
Y ella siempre había estado ahí, pero yo nunca la había visto.
La entendía.
Me maravillaba cómo, a pesar de todo, seguía brillando.
No podía tocarla.
Pero podía enseñarle.
Así que cada noche nos encontrábamos.
Yo caminaba, corría, exploraba, vivía.
Quería dejar una marca tan grande que cada vez que ella saliera pudiera reconocer que yo había estado ahí.
Dejé marcas en todos lados.
A veces me ganaba la prisa conforme la noche se acercaba.
Era difícil no querer impresionarla.