Ya estás. Estás aquí.

Hola,
me llamo Ana.

Mis amados me llaman Nanis, mi mejor amiga me llama Any, mi padre «mi solecito».
Aunque eso a veces cambia, cuando mis padres se enojan conmigo ese Any se siente tenso y ese solecito se vuelve un poco frío.
Y a veces ese frío también me hace pasar frío.

Suerte la mía, poder tener tantas formas, poder cambiar, poder generar tanto calor que alguien decida llamarme sol.
El poder de ser yo, de permitirme crecer, cortarme, caerme, brincar, retroceder.

Un día, cuando volteé a ver mis pies, me di cuenta de que estaban salpicados por un arcoíris, dejando un rastro, una marca, un camino hecho arte.
Luces y sombras bailando, siendo libres.
Mis pies dejan huella, pensé.

Y por un instante sentí un mar desbordarse.
Había hecho tanta fuerza, tantos colores, y no los había ordenado, cuidado, controlado.

Qué tal si se acababan los colores.
Qué tal si solo quedaba el negro o el blanco.
Qué tal si los usaba mal y todo se volvía gris.

Empecé a estudiarlos.
A practicar líneas perfectas.
Me conseguí una regla y una goma de borrar.
Dejé los óleos y tomé un lápiz y una hoja, no quería equivocarme en el bastidor.

Pasé mañanas, tardes y noches dibujando líneas perfectas en montones de hojas que terminaban en la basura.
Después, cuando el sol se iba a descansar, me permitía observar el caballete, el bastidor, la tela llena de textura, áspera, rugosa.

Me quedé con una misma pregunta por varias noches.
Cómo iba a lograr líneas perfectas sobre una base que no lo era.

Un día el sueño me venció.
Mi cara descansaba sobre mi tercer cuaderno del día.

Y mi mente estaba en el cielo.
A mi alrededor había caballetes, cuadernos, paredes, lápices, pinturas, acuarelas, gomas, sacapuntas.
Infinidad de lo que para mí eran tesoros.

Libros, poemarios, novelas, esculturas, joyas, música, arte.
Pensé que si la perfección tuviera un hogar, sería ese.
Y yo necesitaba vivir ahí.

Así tomé siete tubos grandes de óleo negro y el bastidor más grande que había visto en mi vida.

El primero lo exprimí directo en el lugar más solo del bastidor, una enorme gota.
El segundo lo puse en una paleta y elegí el pincel más delgado, tan fino como una hebra de trigo.
Lo moví al compás de mi baile, siguiendo esa música sedosa, fresca, clara.
La entendía, y parecía entenderme.

El tercero lo vacié en mis manos.
Cerré los ojos y acaricié la tela, queriendo que entendiera lo que me hacía sentir.

El cuarto lo vertí en una brocha nueva, rugosa, áspera.
Y comencé a hacer líneas y más líneas.

Los otros tres no eran necesarios.
Los dejé en su lugar.
Algún día serían usados, de eso estaba segura.

Me alejé, lo vi y sonreí.
Lo había logrado.
Y decidí despertar.

Al abrir los ojos, ardían.
Miré alrededor y vi mis viejos bastidores, los que había escondido de mi vista.
Y sonreí, ya lo había logrado antes, sin darme cuenta.

Me hice una coleta, me puse las botas y salí.
Quería compartir mis trazos, mis antigüedades, mis viejas telas llenas de imperfectas líneas.

Compartirlas con mi mejor amiga, con mi campo que tanto me gusta iluminar, con esa vocecita que me llama Nanis como si fuera única, como si fuera heroína.
Y qué sorpresa con él, que me enseñó que una mirada también tiene ese poder en mí.

Y empecé.
Hice líneas.
Trazos.
Bailé.
Canté.
Lloré.
Reí.
Leí.
Rogué.
Soñé.

Y escribí NUCA.
Un sueño.
Imperfecto.
Real.
Honesto.
Vivo.

Hace unos momentos alguien leyó esto mismo y me dijo que allá afuera no lo van a entender.
Que aquí hay tres personas plasmadas, una escritora, una artista, una empresaria.

Me dijo que no hablara de mí personalmente.
Lo entendí, quería protegerme.

Pero mi corazón se enterneció.
Acababa de describir algo de mí.
Había esperado por eso tanto tiempo.
Mi alma susurró, nos vio.

Soy una artista.
Soy una empresaria.
Soy una escritora.

Soy humana, contradictoria, rara.
Y todo eso a veces incomoda.
Lo que no se puede explicar con facilidad da miedo.

Pero en un mundo donde los valientes son pocos, donde pocos quieren entender, profundizar, sentir, me niego a aceptar que ese sea mi mundo.

Así que sí, hablo de NUCA de forma profunda.
No para vender.
Sino para compartir.

NUCA no son anillos, vestidos ni alimentos.
Esos son solo destellos que logran escaparse del sueño.

NUCA es un pedacito de mí.
Un espacio íntimo de mí que quiero dejar brillar.

Te damos
la bienvenida

Suscríbete ahora a nuestro Newsletter y permítenos acompañarte en tu camino con ternura.